Medí las distancias andadas en piel y sólo he descubierto que tengo miedo. Nunca fue tan peligroso saberte como eres, reconocerse en el deseo. Tal vez, cuando no sea esclavo del miedo, golpearé tu corazón con un golpe de olvido. Tal vez, algún día, me quede sin pretextos.
Entre mis sueños y la verdad un destello de caricias. Entre el cielo y la luz tu locura. Entre el miedo y el deseo un contorno azul de ti. Entre tu mirada y la mía la humedad de un suspiro; tu sangre, tus cenizas; la nostalgia perdida de los años.
Sindri es un insecto un habitante del jardín una chispa en la oscuridad una habitación marina un niño que sonríe un hombre desnudo una caricia lenta un beso húmedo una lagrima una tristeza transatlántica el yo que soy sin mí.
Este es mi cuerpo y mi voluntad. Nadie entenderá este amor reinventado en el deseo. Hoy seré un jardín, un caracol que viaja lento. Volverás, el fuego seguirá encendido.
Una
corona de luciérnagas,
un halo radiante en la cabeza.
Ella no es un ángel
-jamás deseó ser princesa-
ella es un cadáver.
Ofelia sumergida
en un espejo de agua.
Su cuerpo inerte es una barca,
sus ojos vacíos caracolas blancas.
En su lengua pondré
una sortija de silencios,
en sus dedos
dos anguilas enredadas.
Su cabeza flota en el estanque,
hilos de luz la atan.
Ofelia mártir,
niña frágil,
virgen radiante y suspendida.
Ofelia insecto,
tu capullo es una fosa.
Eres una larva
en un cementerio de mariposas.
Tigre alado,
ángel punzante,
amante dulce y letal.
Como un sexo afilado
tu aguijón
se hundió en mi carne.
Bajo mi piel
la sangre arde,
se agita,
afanosa se lamenta.
El dolor es parte del cortejo,
une a los amantes,
los permite conocerse,
encontrarse,
entregarse a veces.
El veneno es dulce,
prístino,
transparente,
Mil avispas
hacen temblar tu sexo,
lo derraman dulce
sobre mí.
Qué preciso y letal
es el deseo,
qué dulce su veneno,
ese néctar de agonía.